Trabajadores jóvenes, con menor educación y empleos inestables sonlos más afectados por accidentes laborales en Colombia

Cada año, según la OMS, cerca de 1,9 millones de personas mueren por
causas relacionadas con el trabajo, una cifra que sigue marcando la agenda global de la
salud laboral. En este contexto, una investigación del Politécnico Grancolombiano revela
que el riesgo no está solo en el entorno laboral, sino en las condiciones de vida de
cada trabajador. Variables como el nivel educativo, el tipo de contrato o el contexto social
cambian completamente la forma en que una persona responde a un peligro en el trabajo.
El estudio “El impacto del perfil sociodemográfico en la prevención de riesgos laborales”,
realizado por Mónica María Quiroz, docente de Seguridad y Salud en el Trabajo de la
institución, partió de una revisión rigurosa de evidencia científica con el método PRISMA,
que permitió identificar patrones claros: el mismo riesgo laboral no afecta igual a todos.
¿Qué encontró la investigación?
La edad es un factor determinante en la exposición al riesgo. Por un lado, ser joven no
siempre es una ventaja en el trabajo: los trabajadores más jóvenes, aunque físicamente
aptos, tienen una menor percepción del riesgo y una mayor impulsividad, lo que los
hace más propensos a cometer errores que terminan en accidentes. Por otro lado, a
partir de los 45 años el cuerpo empieza a pasar factura, con una disminución progresiva
de la visión, la fuerza y la capacidad de reacción que incrementa la vulnerabilidad frente a
caídas, fatiga y otros riesgos ergonómicos.
Sin embargo, la edad no actúa sola. El nivel educativo también marca una diferencia
clave: los trabajadores con menor formación tienden a comprender menos las normas
de seguridad, interpretar de forma incorrecta las instrucciones y subestimar los
riesgos. Esta brecha en conocimiento aumenta la probabilidad de incidentes, evidenciando
que la educación no solo abre oportunidades laborales, sino que también funciona como
un factor de protección en el trabajo.
A esto se suma el tipo de empleo. No todos los trabajos ofrecen las mismas condiciones
de seguridad: quienes están en empleos tercerizados o con contratos precarios
enfrentan tasas más altas de lesiones laborales, debido a una menor estabilidad, menor
acceso a capacitación y menos incentivos para reportar condiciones inseguras. En este
escenario, la precariedad laboral deja de ser solo un problema económico para convertirse
en un riesgo directo para la salud.
De igual forma, la condición socioeconómica influye de manera decisiva. Las personas en
contextos económicos más vulnerables suelen aceptar trabajos más riesgosos, con
menor control sobre sus condiciones laborales y menos posibilidades de exigir
protección. Esta desigualdad estructural no solo limita las oportunidades, sino que
también expone a ciertos grupos a mayores niveles de peligro en su día a día.
Finalmente, el riesgo laboral no se explica únicamente por el entorno de trabajo, sino
también por los hábitos de vida. Factores como la falta de sueño, el consumo de alcohol
o el sedentarismo afectan la concentración, la coordinación y la capacidad de
reacción, aumentando la probabilidad de errores y accidentes.
¿Las brechas sociales y los hábitos de vida aumentan la vulnerabilidad?
Factores como la migración, la pertenencia a grupos étnicos minoritarios o las
barreras lingüísticas generan desventajas concretas: limitan el acceso a información
sobre seguridad, dificultan la comprensión de capacitaciones y reducen la posibilidad de
reportar condiciones peligrosas. En muchos casos, estas barreras también restringen el
acceso a servicios de salud y protección social, profundizando la vulnerabilidad de estos
trabajadores.
En la práctica, estas desigualdades empujan a muchas personas hacia empleos informales
o de mayor riesgo, donde predominan la alta exposición a peligros físicos, químicos o
ambientales, pero con baja cobertura de seguridad laboral. La investigación señala que
quienes enfrentan estas condiciones (particularmente migrantes o personas en contextos
socioeconómicos desfavorables) tienen menos posibilidades de exigir condiciones dignas y,
por lo tanto, mayor probabilidad de sufrir accidentes o enfermedades laborales.
A este panorama se suman las condiciones de salud y los estilos de vida individuales, que
actúan como factores que pueden agravar el riesgo. Hábitos como el consumo de alcohol,
el tabaquismo, el sedentarismo o la privación del sueño afectan directamente la
concentración, la coordinación y la capacidad de respuesta ante situaciones críticas.
En tareas que implican alta exigencia física o mental, estas condiciones incrementan la
probabilidad de errores, fallas humanas y, en consecuencia, accidentes laborales.
El estudio también advierte que el riesgo laboral no se explica únicamente dentro del lugar
de trabajo, sino que está influido por condiciones externas al empleo. Factores como el
lugar de residencia, los largos tiempos de desplazamiento, la exposición a
contaminación o incluso entornos inseguros incrementan la fatiga y reducen la
calidad del descanso. Estas condiciones terminan afectando la concentración y el estado
de alerta, aumentando la probabilidad de errores y accidentes laborales.
Entonces, ¿qué hacer?
Frente a este panorama, la investigación plantea un cambio de enfoque en la prevención
de riesgos laborales. En lugar de aplicar medidas generales, propone estrategias
personalizadas que tengan en cuenta el perfil sociodemográfico, las condiciones de
salud y el contexto social de cada trabajador. Esto implica integrar la gestión del riesgo
con la promoción de la salud y la equidad, reconociendo que solo un enfoque diferencial e
integral puede reducir efectivamente la vulnerabilidad en el trabajo.
La docente investigadora del Politécnico Grancolombiano, Mónica María Quiroz, explica
que entender al trabajador como alguien con historia, contexto y realidades distintas hace
una gran diferencia en el entorno laboral: “las enfermedades y accidentes no son resultado
exclusivo de los riesgos del trabajo, sino de cómo estos se cruzan con las condiciones de
cada persona”.