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¿Por qué algunos aman Bogotá y otros quieren irse?

La imagen de Bogotá no se construye únicamente desde las alcaldías, las
campañas institucionales o los grandes proyectos urbanos. Se construye todos los días, en
lo que viven millones de personas cuando salen de su casa, toman TransMilenio,
caminan por su barrio, pasan tiempo en un parque o regresan a casa después de una
jornada de trabajo.

Así lo revela el estudio “Measuring city brand perceptions via neuromarketing”,
desarrollado por investigadores del Politécnico Grancolombiano y la Open University of
Catalonia, que encontró que las emociones y experiencias cotidianas tienen un papel
determinante en la forma como las personas perciben una ciudad y hablan de ella.
De allí nace una pregunta ¿cómo se construye la imagen de una ciudad? Para los
investigadores, la respuesta está en la experiencia cotidiana. La reputación de una ciudad
no nace únicamente de los mensajes que comunica, sino de las emociones que genera en
las personas que la habitan.
Una conversación entre vecinos, un trayecto tranquilo al trabajo, un parque donde las
familias se sienten seguras o la satisfacción de encontrar oportunidades cerca de casa son
situaciones que dejan una huella emocional. Y esa huella termina influyendo en la
imagen que cada persona construye de Bogotá.
¿Qué representa Bogotá para quienes la viven?
La imagen que las personas tienen de Bogotá nace de lo que les ocurre diariamente.
Muchas personas piensan en oportunidades, empleo, educación, cultura y diversidad.
Es la ciudad donde miles llegan cada año para estudiar, emprender o buscar mejores
condiciones de vida. También es reconocida por su amplia oferta cultural, sus parques,
sus universidades, sus bibliotecas y por ser un punto de encuentro para personas de
todas las regiones del país.
Sin embargo, como ocurre en las grandes capitales del mundo, la experiencia urbana
incluye tanto oportunidades como desafíos. Aspectos como la movilidad, los tiempos de
desplazamiento o el ritmo acelerado de la vida en una ciudad de más de ocho millones
de habitantes pueden influir en la percepción de algunos ciudadanos.
Para alguien que debe levantarse antes de las cinco de la mañana para atravesar la ciudad
y llegar a tiempo al trabajo, Bogotá puede sentirse como una carrera contra el reloj. Para
quien pasa varias horas al día en desplazamientos, enfrenta estaciones congestionadas o
permanece atrapado en trancones, la sensación de cansancio puede terminar siendo más
fuerte que cualquier mensaje positivo sobre la ciudad. Y cuando esas experiencias se

repiten durante meses o años, terminan convirtiéndose en la historia que esa persona
cuenta sobre Bogotá.
Pero también ocurre lo contrario. Hay quienes hablan de Bogotá como una ciudad de
oportunidades porque encontraron empleo, accedieron a la educación superior, crearon
una empresa o construyeron una red de apoyo en su comunidad. En ambos casos, la
percepción nace de experiencias reales. La investigación demuestra que son esas vivencias,
y las emociones que generan, las que terminan construyendo la imagen colectiva de una
ciudad.
La ciudad que vive cada bogotano no es la misma
La investigación muestra que las ciudades suelen analizarse como si todos sus habitantes
las experimentaran de la misma manera. Sin embargo, la realidad es muy diferente.
La Bogotá que vive un estudiante que atraviesa la ciudad para llegar a la universidad no es
la misma que experimenta un comerciante de barrio, una madre cabeza de hogar, un
trabajador que pasa varias horas al día en transporte público o una persona mayor que
encuentra en el parque de su sector su principal espacio de encuentro.
Cada uno tiene una ciudad distinta en su memoria. Y todas esas experiencias, positivas o
negativas, terminan construyendo una misma reputación colectiva. Por eso, cuando una
persona recomienda vivir en una localidad, habla bien de su barrio o comparte una
experiencia en redes sociales, también está ayudando a construir la imagen de Bogotá.
Los investigadores encontraron que la mayoría de los estudios sobre ciudades se enfocan
en preguntar qué opinan las personas. Sin embargo, muy pocos analizan qué ocurre
realmente cuando las personas están viviendo la ciudad.
Eso significa que una persona puede responder en una encuesta que Bogotá ofrece
oportunidades y, al mismo tiempo, sentir tranquilidad al caminar por un parque renovado
o confianza al compartir con su comunidad. Esas emociones aparentemente pequeñas
tienen un impacto enorme. Porque al final son las experiencias las que las personas
recuerdan y cuentan.

¿Por qué? Porque el cerebro recuerda emociones y las emociones influyen directamente
en la forma como las personas recuerdan los lugares. Por eso, la percepción de una
ciudad no depende únicamente de datos, estadísticas o mensajes institucionales, también
depende de cómo se sintieron las personas mientras la recorrían.
La investigación concluye que el principal reto para las ciudades no consiste únicamente en
comunicar mejor, sino en comprender mejor lo que viven sus habitantes.
En el caso de Bogotá, esto significa reconocer que la ciudad se construye todos los días
en miles de experiencias cotidianas. Al final, Bogotá se construye en las emociones,
recuerdos y experiencias de millones de personas. Porque la ciudad no es solamente sus
avenidas, edificios o proyectos. La ciudad es lo que sienten quienes la habitan.
La investigación deja una reflexión para quienes viven Bogotá: cada persona también
tiene el poder de transformar la imagen de la ciudad. Un acto de solidaridad en
TransMilenio, cuidar el parque del barrio, respetar el espacio público, apoyar los negocios
locales o construir relaciones de confianza con los vecinos son acciones que generan
experiencias positivas para otros.